jueves, 31 de julio de 2008

De largo aliento

¿Lindo lunes no?
Toda la bulla y el pataleo,
interno y externo, enmudeció.
Mire que se gastaron palabras.
Minutos, casi horas de radio y tele.
Centímetros, casi metros de prensa.
Todos opinaban, pedían, exigían.
Dignos discípulos de Fido Dido.
Todos decían tenerla clara.
Los hechos son los hechos,
decía un querido general.
Y se actuó acorde a lo anunciado.
Al año de la Reforma Tributaria
se hicieron imprescindibles cambios.
¿Que no es suficiente? ¿Que falta todavía?
No lo duda nadie, de Tabaré para abajo.
Se está trabajando con cabeza estratégica.
Y se sientan las bases de cambios estructurales.
No se cobra al grito ni se tira a la “marchanta”,
la propiedad de todos, la guita de la gente.
Los cambios profundos llevan tiempo.
Y como cambios son dinámicos.
No hay dogmas ni recetas eternas.
Hay tres campos claves para seguir trabajando.
Reforma tributaria, educación y seguridad pública.
Son los terrenos donde estamos más flojos.
Y es básico avanzar para marcar la cancha.
No hay proyecto viable sin ellos funcionando.
No proyecto de izquierda, proyecto de país.
Están entrelazados indisolublemente.
Se complementan, se nutren, se precisan.
Hay sinergia entre ellos, son tres imprescindibles.
Hay que meterse allí, sin anestesia, a fondo.
Sin dar bola a la alharaca hueca de aliados y contrarios.
Hay que seguir como hasta ahora, caminando.
Despacito y por las piedras

1 comentario:

Kaosmos dijo...

Muy bueno lo de un editorial así. Es un aporte no solo en la cultura de la izquierda sino para la tradición periodística editorial, tan propensa a la prosa pesada, cargada de lecciones de moralina barata de la derecha más rancia que no se lava los pies ideológicos desde hace más de 500 años, como dijo el poeta, pero también para esa cultura política de izquierda adicta al manifiesto intelectual con referencias al panteón ideológico, citas de los clásicos y notas al pie como comentarios que no deben faltar en un editorial que debe señalar el camino de la rueda de la historia o, en su defecto, y ante tanto fracaso y derumbe, de alguna perinola suelta. Si a eso le agregamos un diseño de página que no le teme al hueco en blanco, el mismo que aun causa tanto pavor en la tradición gráfica uruguaya y afines, concluiremos que ese juego de verso libre de impronta coloquial se fue transformando como quien no quiere la cosa en el mayor impacto político de Voces... (Y si me apuran, autocríticamente, tal vez el único). Claro que también tiene sus riesgos, por ejemplo, el abusar de ese dedo acusador desde el pedestal de lo supuestamente incontaminado emitido en la comodidad del escritorio, lejos, no solo "de la bomba que cayó a miles de kilómetros del ropero y del refrigerador" o del "escribir algo que invite a la acción siempre al alcance de la vidriera y el comedor", sino quedarse en un sobrevuelo de la realidad fosilizando poses épicas de una historia gloriosa, emocionante y revolucionaria pero que también, en esa lucha casi titánica contra el olvido y la desmemoria, muchas veces recuerda las cosas por la mitad. Porque la tendencia a yacer en los brazos embiagadores de las palabras hechas tipografías más de una vez sedujeron con el canto de sirena que llevó a creer que bastaba nombrar las realidad para transformarla, como también que la pura acción del factor subjetivo alcanzaba para imponer el orden perfecto de la utopía prometida a la vuelta de la esquina. A menudo, esos iluminados de siempre, no fueron más que seres apagados que necesitan la imprescindible luz colectiva de los anónimos de la historia. Estos editoriales de Voces, quiero creer, que por esos laberintos andan, por esos meandros navegan en busca del camino.
Xabier